Cómo es la relación entre nuestro cerebro y la religión

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Se tengan las creencias religiosas que se tengan hay un patrón común en prácticamente todas las religiones; La oración o meditación. Éstas tienen un efecto directo en nuestro cerebro, generando una sensación general de bienestar por la que se han hecho miles de estudios relacionados con lo que podemos hablar de “experiencias religiosas” propiamente dichas que activan áreas de nuestro cerebro similares a las que obtenemos cuando hacemos ejercicio u obtenemos una recompensa. La relación que tenemos entre nuestro propio yo y nuestras creencias da para mucho, hoy vamos a centrarnos en dos aspectos, por un lado la neurociencia basada en la religión (llamada neuroteología, la rama que estudia esta relación) y la percepción cultural y de comportamiento asociada a la religión.

Las experiencias espirituales han sido y continuando siendo objeto de estudio de muchas investigaciones en neurociencia. Nuestro lóbulo parietal, un área típicamente asociada a la identidad de nuestro propio yo y la percepción que tenemos de lo que nos rodea, se activa en la mayoría de personas que han experimentado experiencias religiosas. Varios estudios demuestran una correlación entre el uso de esta parte del cerebro y la relación que tenemos con nuestra religión.

En ese sentido dependemos absolutamente de lo que creemos o no, y es algo que no debemos intentar cambiar ya que cada uno tenemos una percepción del mundo propia basada en experiencias previas, culturales y sociales que nos han forjado una creencia particular que podemos utilizar a nuestro favor; por ejemplo, las personas religiosas suelen tener una mayor sensación de esperanza a la hora de enfrentarse a enfermedades, los ateos por otro lado tienen una relación mucho más simple con su entorno y racionalizan su vida en referencia a la causualidad. Los budistas y las monjas por ejemplo presentan una mayor empatía según un estudio realizado en Italia.

Es precisamente esta dicotomía la que representa el gran conflicto histórico entre religión y ciencia. Aquellas personas que ven el mundo de manera más analítica y racional y las que lo perciben como más emocional y empático. Una de las razones que más se suelen dar a la hora de denigrar la religión es precisamente la imposibilidad de comprobación analítica de la gran mayoría de hechos históricos o milagrosos como el diluvio universal o las hazañas de los antiguos héroes griegos ante los dioses. Es justo aquí donde nos desviamos en dos grupos de individuos, aquellos que buscan la comprobación mediante la observación y justificación científica y los que explican los del mundo sucesos mediante su sistema de creencias.

Pero volviendo al cerebro, dependiendo de la religión los efectos que ofrecen en sus seguidores son diversas. Aquellas religiones basadas en la meditación como la oración cristiana, el islam o la budista, muestran una mayor actividad del lóbulo frontal en sus sujetos lo que les dota de una mayor concentración y sensación espacial y temporal. Un beneficio que sin embargo se vuelve contraproducente en aquellos devotos más acérrimos, es decir, aquellos que oran sin parar durante días presentan unos cambios menores tanto en el lóbulo frontal como el parietal. Se supone que la experiencia religiosa tiene un mayor efecto en su uso moderado, pero cuando se convierte en una rutina que llevamos a cabo durante demasiado tiempo desaparecen sus efectos, de una manera similar a cuando realizamos ejercicio todos los días y dejamos tener esa sensación de bienestar que sí que teníamos cuando lo realizamos de manera moderada, es decir, nuestro cuerpo se acostumbra y la experiencia religiosa se hace más difícil de obtener.

Otro aspecto interesante de las religiones es que cambian la forma en que interactuamos con el mundo, un efecto cultural que incide en nuestras acciones diarias (aquí el ejemplo más claro es la imposibilidad de comer carne de vaca en el hinduismo). De esta manera, las religiones abrahámicas (Judeo-cristiana y el Islam) comparten una serie de ideas sobre el mundo en el que se asienta gran parte de nuestra cultura. Por ejemplo uno de los más importantes es el sentimiento de culpabilidad y martirio humano se genera en la muerte de Cristo. A partir de ahí surgen gran parte de tradiciones y el concepto de culpa en la moral cristiana en su origen que ha forjado la relación con lo que nos rodea y cómo afrontamos ciertas situaciones en la cultura occidental, por ejemplo el acto de quejarse es mucho más habitual en países occidentales que en asiáticos y no estamos hablando de política internacional sino de actos mundanos como ir al médico o en el propio mercado. De este modo, no significa que los asiáticos no se quejen, simplemente que sus quejas se realizan de una forma diferente, asociada a un tipo de cultura que penaliza generalmente la individualidad. Y es que culpabilidad budista no existe como tal, sino que se basa en su relación con la naturaleza y no lo incorpora a sus festividades ni en rituales vespertinos o diurnos.

 Es por ello que dependiendo de la religión que sigamos (si tenemos una), la forma en que vemos el mundo cambiará respecto a los valores centrales de la misma, aquellos que buscan una guía vital suelen ser más proclives a denegar un pensamiento analítico para potenciar su pensamiento empático mientras que el agnosticismo o ateísmo se enfoca en el análisis y la observación científica para desestimar la fé. Son dos corrientes históricamente antepuestas que sin embargo guardan una relación común: intentar entender el mundo en que vivimos.

De la misma manera la neurociencia nos dice que nuestro sistema de recompensas se activa al meditar / orar lo que genera cierto debate teológico sobre si las experiencias religiosas se crean en nuestro interior y somos dueños de las mismas.elig

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