La psicología detrás de las conspiraciones del coronavirus

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 El mundo está cambiando. Si hace un año nuestro yo de hoy nos visitase y contase lo que está pasando en el mundo lo más seguro es que nos dejase con la boca abierta de incredulidad.

 Las cosas han cambiado tanto y tan rápido a un escenario casi increíble que se están popularizando las teorías de la conspiración de toda índole. Es la tormenta perfecta que estaban esperando desde los antivacunas a los terraplanistas, las teorías de conspiraciones del coronavirus están en el punto álgido.

 Es, sin duda, el momento idóneo para sacar sus teorías y que más gente las crea. ¿Por qué hay tantas personas que de repente son expertos en el 5G, los virus o las fumigaciones masivas?

Cómo se forman las teorías de la conspiración

 Hay que destacar que las teorías de la conspiración surgen para casi todo, desde cómo procesamos la leche a cómo funcionan los ordenadores. Sus momentos álgidos suelen ser en momentos de incertidumbre como el que vivimos o bien ante la amenaza de algo en que el individuo de a pie no es experto, así que busca sentido según su manera de ver el mundo.

 Todo empieza cuando observamos un par de elementos aparentemente ajenos entre sí que por alguna razón nuestro cerebro encuentra sentido en relacionar. Por ejemplo, tenemos un hecho extraordinario como una pandemia mundial, coincide en el tiempo con el inicio de la implementación de una nueva tecnología, el 5G, así que para aquellos que no saben de qué hablan o que no suelen creer la versión oficial es muy fácil unir estos dos puntos, incluso aunque no se tenga ni idea de virus ni de tecnologías.

 Lo que sucede, en realidad, es que todos intentamos comprender el mundo y lo que pasa a nuestro alrededor, y muchas personas, ante un fenómeno extraño, buscan explicaciones que vayan punto por punto dando claridad a un hecho que no son capaces de entender.

 Por eso detrás de prácticamente todos los ataques terroristas, desde el asesinato de JFK hasta 11-S o el ataque de las Ramblas de Barcelona, se han dado multitud de explicaciones que buscan comprender ese hecho desde un punto de vista no oficial, dando por hecho que la población no tiene acceso a datos reales.

 Además los datos reales por lo general suelen ser desordenados, ir cayendo con cuentagotas según los medios de comunicación tienen acceso a la información o se dan a conocer las claves.

 Es decir, a diferencia de una película con un prólogo, nudo y desenlace, aquí tenemos datos por todas partes, porque la realidad es compleja y a diferencia de un largometraje no empieza y termina con un nudo entre medias sino que continua, por lo que buscamos entender cómo una persona cabreada puede hacer tanto daño de una manera lógica y simple, cuando la realidad es compleja y llena de matices.

 Este tipo de pensamiento suele darse en personas con un fuerte complejo de inferioridad, por lo que asumen que se les ocultan datos. Les resulta más sencillo abrazar una teoría de la conspiración porque la realidad es caótica y difícil de asumir.

 Es decir, nos resulta más sencillo pensar que el coronavirus está provocado por un malvado doctor en un laboratorio antes que asumir que la naturaleza en sí misma es aterradora y cada año aparecen miles de nuevos virus, sólo que no se convierten en pandemias mortales.

 Precisamente es en ese momento cuando esas ideas se convierten en un discurso del que mucha gente intenta apropiarse. Es decir, de una manera “secuestran” los hechos oficiales y los adornan con elementos a los que encuentran conexión entre sí para ofrecer un discurso y autoproclamarse los “portadores de la verdad”. Un hecho que tiene que ver, como veremos a continuación, con la paranoia.

 Si queréis un ejemplo perfecto de cómo se elabora una teoría de la conspiración, el documental “Operación Luna” expone todas las creencias sobre el alunizaje y tiene un final espectacular.

Un problema psicológico con raíces sociológicas 

 Según la socióloga Gloria Conde, hay un claro componente relacionado con el momento en que vivimos en que sentimos que nuestra sociedad se desmorona. “Por un lado el Brexit, la imposibilidad de crear un gobierno estable en España en los últimos 4 años o el hecho que el poder siga residiendo en pequeños grupos de gente adinerada ha alentado a que más gente sienta que le están engañando o al menos reaviva la insignificancia del individuo, en contraprestación al ego que todos tenemos y nos hace sentir el centro del universo”.

 Otra idea que entra a colación con todos los movimientos conspiranoicos es la paranoia. En un mundo cada vez más globalizado y que comparte más las ideas, la propagación de ideas paranoicas es más sencillo que nunca. Después de todo hay una gran variedad de cosas que creemos como verdades pero que son mentiras como podemos leer en este artículo.

 Por eso los antivacunas están ganando terreno frente a la ciencia a pesar que toda su conversación se basa en bulos de gente que no entiende lo que es una vacuna y siente aversión a que le inyecten algo. Y de ahí pasamos a la teoría de los microchips implantados en las vacunas, un paso más allá en la paranoia creciente que necesita actualizarse.

 “De alguna manera, podemos establecer una conexión con las sociedades justo antes de que empezase la Edad Media. La caída del imperio romano propició una ola de inseguridad e incertidumbre en la que la población puso su fé en la religión por encima de la ciencia, llegando en la baja Edad Media a considerar herejes a científicos o personas que promulgaban avances. Podemos cambiar la religión por el advenimiento de las pseudociencias, lo que nos llevaría a una situación de cambio de época si estas se llegan a instaurar en las próximas décadas como una verdad última”. Comenta la socióloga Conde.

¿Quiénes son las víctimas de estas creencias?

 Cada uno puede tener la libertad de creer en lo que quiera. El problema es cuando a nivel de grupo un discurso empieza a boicotear el bienestar del resto. 

 Por lo general, los expertos afirman que son las personas con altos niveles de ansiedad, sentimientos de inferioridad o falta de poder las que son más firmes candidatas a creer en las conspiraciones. 

Además se produce un efecto curioso, cuanto más se les intenta entrar en razón, más convencidos están de su verdad. Son teorías muy atractivas y persuasivas por lo que se requiere de mucha motivación en el sujeto para que este busque y contraste sus teorías con información fiable, algo que raramente se produce ya que los seres humanos tendemos a buscar información en medios afines a nuestro pensamiento. No es lo mismo leer un periódico de una línea editorial a otro. Lo mismo podemos extrapolar a las “conspiraciones del coronavirus”.

 Conde también establece un perfil de las personas que más suelen creer en conspiraciones “”Es frecuente en personas de bajo nivel social, que buscan en una verdad alternativa un elemento transgresor y que les permite diferenciarse”.

 Los expertos temen que estos grupos conspiranoicos establezcan un discurso que cale en la población general en lugar de escuchar a los expertos y verdaderos sabios en temas como los virólogos. Si hay mucha gente que cree que no es necesario vacunar, amenaza a la inmunidad de grupo y puede provocar la reaparición de enfermedades, como el brote de sarampión de 2019. Con lo que es un tema muy serio de salud pública.

 Además, si estas creencias prevalecen, pueden llevar al individuo a un estado de paranoia en el que dude de todo lo que sucede a su alrededor, generando aprensión y miedo ante lo que oiga o piense como verdad oficial.

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