La Culpa

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La culpa parece tener pies propios, te persigue, te machaca y te martiriza una y otra vez con aquello que podrías haber hecho, pensado o sentido. No te deja en paz y llegas a creer que esa tortura te la tienes merecida; tanto es así, que permites que permanezca contigo, en ocasiones, de manera indefinida.
Si te preguntaras: ¿sentirme mal por algo que ha ocurrido en el pasado me va a ayudar a cambiar la situación?, quizá alejarías de tu cabeza ese sentimiento. Sin embargo, lo mantienes porque te han enseñado a sentirte de ese modo; parece que no sentir culpa significa no estar arrepentida. Se trata de ideas que están en nuestra cabeza por un aprendizaje cultural y no te planteas su función ni el beneficio que te aportan.

PARA QUÉ SIRVE

La culpa crea un sentimiento de malestar, te paraliza y te bloquea y además no te ayuda a mejorar la situación que la provocó, sino todo lo contrario: en lugar de solucionar un problema, tienes dos. Términos como “tendría”, “debería”, o “podría” aparecen en tu interior cuando te sientes culpable; un puñado de reglas inflexibles que te marcan sin que te des cuenta. Sustituir esos conceptos por otros más flexibles como “me gustaría”, “desearía” o “sería mejor” te ayudará bastante. Cuando cometes un error tienes que ser objetiva: como no puedes dar marcha atrás en el tiempo, lo mejor es ser transigente contigo misma, aprendiendo de los errores, pero sin martirizarse.

MEJOR RESPONSABILIZARSE

Frente a la culpa, es mucho más recomendable la responsabilidad. Ésta implica hacerse cargo de las consecuencias de algo, sin sentirse mal, bloquearse o ponerse la etiqueta de torpe. Deshacerse de la culpa es posible. Hay que tratar de asumir la parte de responsabilidad que nos toca y aprender de las cosas que nos suceden, actuando en consecuencia. Así, te sentirás mucho mejor y, sobre todo, libre de culpas.

 

Autor: Silvia Sanz Garcia

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