Pensar que uno siempre tiene la razón es peligroso

| | ,

Cada uno de nosotros tiene una forma de ver el mundo, se trata de una sensación que da sentido a nuestro universo y que se complementa con las vivencias que hemos tenido, nuestra ideología y sobre todo la sensación de conocimiento que tenemos. Sin embargo, aplacarse siempre en la idea que nosotros siempre tenemos la razón puede ser muy peligroso, os contamos la razón de ello.

Todos sabemos que en ciertos temas creemos tener la razón sobre los demás, conocer algo mejor o creer simplemente que el resto está equivocado, para ello generamos una serie de razonamientos sobre el tema en cuestión, algo muy habitual y que no tiene por qué ser un problema. El llevar este pensamiento a un extremo, defendiendo siempre tu visión del mundo puede ser un síntoma no sólo de arrogancia sino también de soledad e incluso en ocasiones demostrar una inteligencia inferior.

El motivo principal es que los temas tanto cotidianos como políticos o sociales se rigen por normas éticas que hemos aprendido y que consideramos como mantras únicos, lo cual es bueno. Por ejemplo “pensamos de modo general que está mal robar, lo cual es un tema universalmente aceptado”, el tema se complica cuando llevamos opiniones absolutas a temas en los que no se tiene tan claro cuál es el medio correcto. En ese sentido, no hace falta más que echar un vistazo a las redes sociales para determinar que en ocasiones imponemos nuestras ideas sobre las de los demás de manera agresiva sin pararnos a pensar en si realmente tenemos razón.

Este nuevo ágora en el que todos creemos tener la verdad universal no sólo nos reduce como individuos sino que de manera exagerada acaba creando un ambiente tóxico.

Por lo mismo, podemos extrapolar este hecho a las relaciones sociales. Normalmente los grupos de amigos tienden a ver el mundo de una manera similar, es lo que se conoce como la psicología de grupo; tendemos a juntarnos con aquellos más afines a nuestras ideas, y si nos introducimos en un grupo nuevo, con ideas distintas, lo más habitual según los estudios realizados es que acabemos cambiando nuestra visión y adaptarla a la del grupo. Esto tiene mucho impacto en temas políticos, donde suelen producirse disidencias que aíslan a aquellos que no piensan igual que el resto. Es posible que estas disidencias tengan sentido, al fin y al cabo, como decíamos, si alguien justifica hechos como el robo, la gran mayoría estarán en contra. Pero también puede producirse este fenómeno ante temas más mundanos en los que no todos tengan porqué estar de acuerdo. Sin embargo, tener una opinión disidente no siempre es buena, ya que a veces esta opinión se basa más en la arrogancia de no querer escuchar a los demás e imponer nuestro criterio al hecho de que realmente llevemos razón.

Otro tema sería no ya la opinión en sí sino las acciones que realizamos conforme a cómo vemos lo que nos rodea:
El otro día estaba en un evento multitudinario en las calles de un pueblo de Castilla y León, había tanta gente que apenas podíamos movernos así que la policía municipal abrió un pequeño hueco para que la gente pudiera circular en ambas direcciones y salir por tanto sin problemas, sin embargo, en un momento dado, al haber un hueco en una de esas direcciones, una mujer con un carrito de niño decidió ubicarse en él, cortando así la circulación, y gritando “No podéis pasar por aquí, hay un niño”, a lo que el padre de dicha criatura dijo “No te preocupes, voy a cortar el paso”. Probablemente la reacción de estos padres a la hora de introducirse en el hueco era el poder ver el evento más cerca sin pensar que se trataba de un lugar habilitado para el paso (o eso quiero pensar), y creo que para ellos, la seguridad de su hijo era primordial (a pesar de llevarlo a un lugar excesivamente lleno).

De lo que no se dieron cuenta en su pensamiento egocentrista era que, precisamente, los que estaban poniendo en peligro eran ellos al resto de personas de su entorno, que apenas podían moverse y estaban circulando por el único carril habilitado y, al cerrarlo ellos para poder ver el espectáculo mejor, estaban generando problemas de movilidad que fácilmente podían haber provocado un grave accidente si se hubiese producido una estampida. La reacción de ambos padres era obviamente equivocada, sin embargo en su convicción era el resto de la gente la que les estaba amenazando. El problema es que se fijaron demasiado en sus objetivos y ellos mismos y se enfrentaron agresivamente a la gente que pasaba por allí sin pararse a pensar que quizás los que estaban equivocados eran ellos. Además, con el irónico agravante de que en realidad eran ellos los que estaban poniendo en peligro a su hijo llevándolo a una zona tan congestionada.

Lo que nos dice este ejemplo es que a veces tendemos a pensar como individuos reaccionando con lo que creemos que esté bien a viento y marea, sin pensar en los demás ni en las consecuencias de lo que hacemos.

En general, somos adictos a llevar la razón y nos pasamos la vida dándole vueltas a lo que los demás opinan sobre nosotros. Se trata de un fenómeno universal por el que se han llevado a cabo miles de guerras, se han roto amistades y parejas por este motivo. Pero ¿Por qué es tan importante llevar la razón?

Según los expertos, hay varios motivos para ello, el principal tiene que ver con cómo queremos que nos vea el resto. Al intentar convencer a los demás de algo, estamos imponiéndonos sobre los demás de una manera instintiva que tiene su origen en nuestro comportamiento de hace siglos. La lucha por ser más importante en el grupo o ser visto como un líder de opinión o alguien inteligente. Pero precisamente lo que más nos impacta a la hora de intentar convencer a alguien es la sensación que nos provoca que sigan nuestro pensamiento, lo reconfortante de sentir que uno tiene la razón y que nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos.

A la hora de pensar, tendemos a organizar el mundo conforme a un programa mental por el cual acumulamos creencias, vivencias y opiniones que forman parte de nuestro ego. Cuando alguien tiene un pensamiento que se enfrenta con el nuestro lo tomamos como un ataque a nuestras creencias aunque se haga sin la menor intención de agredirnos. La clave está en aprender a diferenciar pensamiento e identidad. De ahí que pensar que siempre tenemos razón puede ser peligroso para nuestro propio ego ya que dependemos sobremanera en la forma en que la gente piensa de nosotros y de nuestras ideas.

Si somos demasiado insistentes en defender a toda costa nuestros pensamientos acabamos siendo esclavos de ellos y nos llevan a un estado de inestabilidad cuando hay mucha gente con creencias diferentes. Por tanto es fundamental aprender a distinguir el yo de nuestras ideas y, salvo que sean temas universales como el robo o el asesinato, no defenderlas hasta las últimas consecuencias ya que la mayoría de temas pueden tener varias perspectivas y puede que la verdad esté en una mezcla de todas ellas en lugar de en una sóla.

Si estas creencias u opiniones acaban dominándonos, llegamos a pensar que todo el mundo piensa o debería pensar lo que nosotros, lo que de nuevo nos lleva a un ambiente tóxico en el que, sin saberlo, nosotros somos parte del problema. Hay opiniones para todos los gustos y precisamente el mundo se ha construido en base a una serie de doctrinas que han divergido a lo largo del tiempo. Por ejemplo en la Edad Media era habitual llevar a juicio a animales si se habían comido una cosecha o herido a otros, lo cual puede parecer algo ridículo hoy en día pero entonces tomaban muy en serio.

Por tanto, para tener un equilibrio sano es imprescindible escuchar a los demás y pensar en sus opiniones desde una perspectiva ajena a nosotros y de la cual, en todo caso, podemos aprender.

Anterior

Claves para evitar el síndrome postvacacional

Los mejores alimentos para agilizar la mente

Siguiente

Deja un comentario