Por qué nos gustan unas comidas más que otras

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 Ahora que estamos de lleno en fechas navideñas empiezan a darse los banquetes o comilonas, ya sean cenas de navidad con los compañeros o amigos o las familiares. En todas ellas podemos encontrar las típicas comidas como el marisco o el embutido, hoy nos queremos detener en por qué cada persona tiene gustos distintos y qué nos hace enamorarnos de algunos alimentos más que de otros, ya que no sólo de gusto vive el paladar, vemos por qué.

El aprendizaje gastronómico

 El ser humano es un animal de costumbres y estamos programados para tener una serie de necesidades fisiológicas que incluyen el sexo, la salud o el alimentarnos. En el caso de estos últimos, es importante entender que, como todo lo que nos hace ser lo que somos, requiere un aprendizaje, a pocos niños les gusta por ejemplo el bogavante, se trata de una comida difícil de comer, que a priori no es divertida y tiene un sabor a mar que no resulta especialmente atractivo en los más pequeños, es un alimento que vemos desde pequeños como lujoso y por ello nos llama la atención, ya que normalmente vemos a nuestros padres disfrutar con ello y según varios estudios, en estos casos aprendemos a que nos guste por lo que vemos, es un tema claro en cuanto a cerveza o vino, en la gran mayoría de casos, los infantes no acaban de comprender el motivo por el que gusta tanto a los adultos, y más allá de los efectos que provoque el alcohol, se trata de un tema gustativo. En general, el sabor amargo suele disgustar la primera vez que se prueba, al parecer, esto viene derivado de nuestros genes, pues por instinto hemos aprendido a través de generaciones a asociar el sabor amargo con algo que no debemos probar, pues es tóxico de naturaleza, por ejemplo las patatas pasadas se vuelven amargas y muchas plantas venenosas han desarrollado ese toque distintivo al que lo prueba precisamente como defensa.

 En general, las cosas que nos gustan nos han venido dadas por aprendizaje gustativo (de tanto probar cerveza nos acaba gustando) o bien social (de tanto ver a nuestros padres comer un tipo de comida, la seguimos probando y nos acaba gustando). Pero entonces ¿por qué hay algunos alimentos que detestamos? Hay una razón biológica detrás:

 Los sabores fuertes, como la de los quesos fermentados nos hacen oler bacterias y biológicamente nuestro olfato nos dice por instinto que no debemos comerlos, esto es muy habitual en niños, sin embargo es una aversión que se supera con la experiencia y con probarlo y aprender a degustar o bien se adquiere una experiencia negativa que dará lugar a que en la vida adulta siga sin gustar. De esta manera, los niños que han crecido en costas o sitios de mar serán más proclives a no poner ningún impedimento a comer pescado que los que hayan crecido en el interior, más propenso a guisos, etc.  A pesar de esta importancia cultural, también intervienen muchos factores psicológicos a tener en cuenta, muchos adultos creen que hay que obligar a los niños a comer ciertas comidas para que adquieran el gusto por ellas, sin embargo los estudios son inconcluyente y demuestran que el contexto influye sobremanera en la evolución gustativa de los niños. Es decir, si los padres son demasiado pesados al hacer probar un alimento que el niño detesta, éste acabará teniendo una experiencia negativa que recuerde incluso subconscientemente a lo largo de su vida y al final acabaremos yendo en contra de nuestro propio objetivo de ampliar la gastronomía de nuestros hijos. Además de todo, escuche a su hijo, en muchas ocasiones esta falta de gusto viene por pequeñas alergias, es posible que al comer algunas frutas el pequeño note una pequeña inflamación del paladar y eso le haga tener aversión, en cuyo caso es importante hacerle las pruebas para tratarlo en caso de que se pueda.

Los demás sentidos, la clave:

  Hay que tener en cuenta que aunque el sentido gustativo es el principal actor en cuanto a alimentación se refiere, todos intervienen a la hora de degustar y que nos apetezca un plato. Por ejemplo, el curry es un plato perfecto en el que intervienen sobre todo el olfato y el gusto, puede que no nos entre a priori por los ojos, pero sin haber probado bocado sus especias entran primero por el aroma que desprende.

 La gran mayoría de nuestras preferencias en cuanto a sabores no están relacionadas a nivel genético a pesar de que los investigadores han ido encontrando un rechazo casi unánime a los sabores amargos y ácidos tanto en recién nacidos como en niños jóvenes (hasta los cinco años) mientras que aceptan de beneplácito los sabores dulces o salados. En muchos casos son los demás sentidos los que nos dicen cómo reaccionar a los alimentos, tanto a nivel visual como sensitivo (la textura) y sobre todo el olor. Si una comida nos recuerda al vómito o lo asociamos con un mal sentimiento / recuerdo, por tanto nos predisponemos a que no nos guste o sintamos animadversión incluso antes de que llegue a nuestra boca.

 Lo importante en cualquier caso es disfrutar de nuestros platos favoritos intentando estar abierto a todas las variedades posibles y nuevos ingredientes pero no presionar en ningún momento (especialmente si tenemos niños pequeños) a probar cosas sin una predisposición positiva.

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