Vivir en las redes sociales

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Hoy en día los hábitos de vida han cambiado radicalmente, estamos metidos en una era digital en la que se pueden mantener relaciones de amistad desde cualquier parte del mundo sin necesidad siquiera de conocerse en persona. Es la nueva moda de vivir en las redes sociales.

 

Además a nivel más personal, cada vez más parejas prefieren decirse las cosas por aplicaciones tipo whatsapp a hablarlo en persona, y estamos ante un paradigma de realidad “virtual” de la que no somos del todo conscientes, pero estar al día de nuestros contactos en Facebook o Instagram nos da una sensación de mantener el contacto aún a pesar de no verlos, esto crea una nueva forma de relacionarnos que se aleja del calor humano y se asienta en el nivel más frívolo del llamado “happening”: estar en el momento adecuado y ser partícipe de ello; lo que sería el llamado “postureo” que vemos a diario con fotos de comida, eventos etc.

 

En teoría, esta presencia masiva en las redes sociales no tiene porqué ser perjudicial a no ser que comience a ser una obsesión. Las compañías conocen esto y son pocas las que no tienen aún su representación en, al menos, Facebook, Twitter e Instagram con la que intentan hacernos llegar publicidad digital y conseguir afinidad con nosotros. No nos intentan vender un producto, sino una idea que encaje con lo que queremos y nuestra forma de ver el mundo. Todo esto es, en definitiva, lo que más describe a la generación Millenial, los nacidos entre los 80 y 2000 son nativos de las nuevas tecnologías y cada vez más necesitan un feedback que, a veces la vida real no les da.

 

Pero sin duda donde más afecta este problema es a nivel de pareja; ya no sabemos disfrutar del momento y entender el presente sino que estamos más atentos a las novedades de nuestras apps, correos electrónicos etc. Por ejemplo, al visitar un parque nacional estamos más interesados en las fotos que podamos realizar, o decir a la gente dónde nos encontramos, que saborear el momento. Aunque a priori lo que nos dan estas acciones de compartir son sin duda un placebo momentáneo, a la larga acaba siendo frustrante ya que estamos empezando a no saber disfrutar de las cosas.

 

Donde esta situación es más dramática es a la hora de irse a dormir y cada uno está con su tablet o smartphone, o a la hora de cenar en casa (y cada vez más también en los restaurantes), donde cada uno está atento a su dispositivo en vez de compartir una conversación como en generaciones pasadas. Es posible que los grupos de whatsapp tengan su gracia por los chistes que se cuentan y que además sirvan para una conversación divertida por un rato, pero conllevan también reducir los momentos que debían ser para hablar entre nosotros.

 

Además con estos nuevos usos estamos entrando en una era de la obsesión por la calificación, algo que vemos a diario si acudimos a reservar un hotel o restaurante, ya no nos importa lo que nos dice la compañía, sino las opiniones de los usuarios, que son a su modo, pequeños auditores que califican subjetivamente su experiencia. Cada vez vemos más obsesión por la calificación, en Rotten tomatoes, IMDB, yelp etc.

Un ejemplo perfecto de este paradigma al que caminamos está en un episodio de Black Mirror titulado “Nosedive” o cuesta abajo; en él se describe un mundo dominado por las redes sociales en los que se clasifican entre ellos como personas a diario, de modo que se crea un sistema de calificación personal en todos y cada uno de nosotros que nos establece como ciudadanos de primera, segunda o tercera. Parece que ese es el mundo al que nos encaminamos.

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