El miedo es una emoción básica, adaptativa y necesaria para la supervivencia. Actúa como sistema de alarma ante amenazas reales o percibidas, movilizando respuestas fisiológicas, cognitivas y conductuales orientadas a la protección. Sin embargo, cuando el miedo se intensifica, se vuelve constante o se generaliza más allá de la amenaza original, deja de ser un aliado y empieza a afectar a nuestro bienestar psicológico.
Este artículo aborda el miedo como emoción nuclear, el impacto de las experiencias vicarias —aquellas vividas indirectamente a través de otros o de los medios— en la construcción del trauma y el Trastorno de estrés post traumático, incorporando una reflexión clínica a partir del conocido caso de Adamuz, ampliamente difundido por los medios de comunicación en España.
El miedo como emoción básica y proceso psicobiológico
Desde una perspectiva psicobiológica, el miedo implica la activación de circuitos neuronales específicos (con la amígdala como estructura central) que facilitan la detección rápida de amenazas y la preparación para la huida, la lucha o la inmovilización. A nivel cognitivo, el miedo se acompaña de sesgos atencionales hacia estímulos amenazantes y de interpretaciones catastrofistas, mientras que a nivel conductual promueve la evitación.
En contextos normales, estas respuestas son proporcionales y transitorias. El problema clínico aparece cuando el sistema de miedo queda «hipersensibilizado», respondiendo de forma intensa ante estímulos neutros o sin aparente relación con el peligro original. Esta sensibilización constituye un terreno fértil para el desarrollo de trastornos de ansiedad y, en particular, del Trastorno de estrés post traumático (TEPT).
Experiencias vicarias: miedo sin haber estado allí
El cerebro no siempre distingue entre lo vivido y lo intensamente imaginado. Por eso, el miedo puede instalarse incluso sin haber estado directamente en peligro. Las experiencias vicarias hacen referencia a la exposición indirecta a eventos traumáticos, ya sea a través del relato de terceros, la observación de sufrimiento ajeno o la exposición repetida a contenidos en medios de comunicación, como puede ser, el reciente caso de Adamuz. Desde el aprendizaje social, sabemos que el miedo puede adquirirse no solo por condicionamiento directo, sino también por observación. Es decir, no hace falta estar en el incendio para oler el humo psicológico.
Esto es especialmente frecuente cuando:
- El suceso es muy grave o impactante.
- Nos sentimos identificados con las víctimas.
- La información se repite de forma constante en medios y redes sociales.
En clínica, esto es especialmente relevante en familiares de víctimas, profesionales de ayuda (sanitarios, psicólogos, fuerzas de seguridad) y población general expuesta de forma reiterada a noticias impactantes. Estas experiencias pueden generar respuestas emocionales intensas, imágenes intrusivas, hiperactivación y cambios en las creencias básicas sobre el mundo («el mundo no es seguro», «a cualquiera le puede pasar«).
Trauma y TEPT: cuando el impacto no se apaga
El TEPT se caracteriza por la presencia de síntomas de reexperimentación (recuerdos intrusivos, pesadillas), evitación persistente de estímulos asociados al trauma, alteraciones cognitivas y emocionales negativas, e hiperactivación fisiológica. Aunque tradicionalmente se ha asociado a la vivencia directa de eventos extremos, los criterios diagnósticos reconocen también la exposición indirecta repetida o extrema a detalles aversivos del suceso.
En este sentido, las experiencias vicarias pueden ser suficientemente potentes como para desbordar la capacidad de procesamiento emocional del individuo.
El caso de Adamuz: impacto vicario y miedo colectivo
El reciente accidente ferroviario ocurrido en el municipio de Adamuz, difundido ampliamente en los medios de comunicación, tuvo un fuerte impacto emocional en la población. Las imágenes, los testimonios de las víctimas y la cobertura continuada generaron miedo, angustia y una sensación generalizada de inseguridad, incluso en personas que no viajaban habitualmente en tren.
Muchas personas comenzaron a experimentar ansiedad anticipatoria al usar el transporte público, pensamientos repetitivos sobre posibles accidentes y una mayor sensación de vulnerabilidad. En algunos casos, este malestar apareció sin haber estado presentes en el suceso ni tener relación directa con las víctimas, lo que ejemplifica claramente el fenómeno del trauma vicario.
Este tipo de eventos pueden convertirse en traumas colectivos, ya que activan el miedo a la pérdida de control y a la imprevisibilidad, afectando emocionalmente a un gran número de personas al mismo tiempo.
¿Qué podemos hacer ante este tipo de miedo?
Para la práctica clínica, resulta fundamental:
- Validar el malestar derivado de experiencias vicarias, evitando minimizarlo por no haber «estado allí».
- Explorar la exposición mediática y su papel en el mantenimiento de los síntomas, valorar limitar la exposición a noticias impactantes.
- Hablar de lo que se siente con personas de confianza.
- Trabajar regulación emocional y de reducción de la evitación.
Conclusiones
El miedo no siempre nace de lo que vivimos directamente. A veces se aprende observando, escuchando o empatizando con el dolor ajeno. Este miedo, cuando se amplifica y se cronifica, puede convertirse en un potente generador de sufrimiento psicológico.
El caso de Adamuz ilustra cómo determinados sucesos pueden trascender lo individual y convertirse en traumas colectivos, con implicaciones clínicas relevantes. Para los profesionales de la psicología, el reto consiste en comprender estos procesos, intervenir con rigor y, cuando sea necesario, ayudar a apagar alarmas que llevan demasiado tiempo sonando.
Reconocer el impacto de las experiencias vicarias es un paso clave para cuidar la salud mental y entender que pedir ayuda también es una forma de protección. Y para ello, la ayuda psicológica puede ser el primer paso fundamental

