09 Feb El autocuidado no es un lujo: la importancia de hábitos mentales sostenibles
Hay quien piensa que el autocuidado es encender una vela aromática mientras suena una playlist de “relax total” tras una semana exigente. Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, esta visión resulta errónea. El autocuidado no es un capricho ni un premio ocasional, sino una práctica cotidiana que sostiene la salud mental, emocional y física a largo plazo.
En una sociedad caracterizada por la prisa constante y una elevada demanda cognitiva y emocional, cuidarse deja de ser una opción para convertirse en un factor protector esencial frente al desarrollo de sintomatología asociada al estrés crónico, la ansiedad, la depresión o el desgaste emocional.
Autocuidado: mucho más que “hacer cosas que me gustan”
Cuando hablamos de autocuidado sostenible, nos referimos a hábitos que permiten mantener el bienestar emocional, prevenir el desgaste psicológico y fomentar una mejor relación con uno mismo.
Estudios demuestran que los cambios significativos no dependen tanto de acciones intensas o esporádicas, como de la consolidación de hábitos estables. Estos se alejan de la idea del “me lo merezco hoy” y se acercan al “esto me mantiene bien siempre”. No buscan una recompensa inmediata, sino un estilo de vida que favorezca el bienestar.
Este tipo de conducta presenta tres características fundamentales:
- Regularidad: se realiza incluso cuando no apetece.
- Funcionalidad: su objetivo es prevenir el malestar, no únicamente aliviarlo cuando aparece.
- Personalización: no existe un modelo universal; lo importante es identificar qué mantiene el bienestar de cada persona.
Prácticas como establecer límites, respetar los ritmos de descanso, gestionar la agenda de manera realista o expresar necesidades forman parte de un autocuidado que se sostiene en el tiempo y produce cambios más profundos que cualquier actividad puntual de “desconexión”.
¡Cuidado! La presión del “autocuidado perfecto” y sus paradojas
Lamentablemente, la difusión masiva del autocuidado en redes sociales ha generado nuevas exigencias. Aparece así lo que algunos autores han denominado autocuidado performativo: una versión idealizada, estéticamente atractiva y superficial del bienestar. Bajo esta lógica, cuidarse se convierte en una tarea más que cumplir, algo evaluable y comparable, lo que puede aumentar el malestar en lugar de reducirlo.
Desde esta perspectiva, resulta fundamental diferenciar entre autocuidado y autoexigencia. No es tanto la actividad en sí misma la que define si estamos cuidándonos, sino el propósito y el diálogo interno que la acompaña. No es lo mismo ir al gimnasio desde la motivación de bienestar (“me ayuda a sentirme mejor y a desconectar”) que hacerlo desde la autocrítica o la presión (“si no lo hago, soy un fracaso y mi cuerpo cambiará”). Aunque la actividad sea la misma, el impacto psicológico es distinto. Esta presión por “cuidarse perfecto” puede llevarnos justo al lado contrario: más estrés, más autoexigencia y más frustración.
Las pequeñas decisiones hacen la gran diferencia
El objetivo de incluir actividades o tareas de autocuidado en nuestra rutina es precisamente descansar, tratarse mejor o salir de la rutina y obligaciones que ya son estresantes en nuestro día a día. Y por ello, autocuidado puede ser tanto hacer una actividad como dejar de hacerla.
- Dar por terminada la jornada cuando la mente ya no puede más.
- Poner límites (sí, incluso a ese grupo de WhatsApp que nunca duerme).
- Escuchar las señales del cuerpo antes de llegar al colapso.
- Reservar tiempo para descansar sin culpa.
- Elegir relaciones que sumen, no que desgasten.
El papel de la psicoterapia: comprender y sostener
- Crear hábitos sostenibles es más fácil cuando contamos con acompañamiento profesional. Cuando el autocuidado resulta difícil de integrar o genera más exigencia que alivio, el acompañamiento psicológico puede facilitar este proceso. La psicoterapia ofrece un espacio para comprender las propias necesidades, revisar patrones de funcionamiento y desarrollar estrategias de autorregulación más ajustadas y sostenibles en el tiempo. Entre las competencias psicológicas que la terapia ayuda a desarrollar se encuentran:
- La identificación de necesidades internas
- La comunicación asertiva
- La regulación emocional
- El establecimiento de límites
- La estructuración de rutinas que favorezcan el bienestar.
La pregunta no es “¿me lo merezco hoy?”, sino “¿qué necesito para estar bien mañana, pasado y el mes que viene?”