Cómo nos enfrentamos psicológicamente a las catástrofes naturales

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Es el 11 de septiembre de 2021 cuando la isla de La Palma comienza a registrar enjambres sísmicos que posteriormente provocarían, el día 19 de septiembre, las erupciones ya conocidas por todos en el volcán de Cumbre Vieja, en concreto en su parte dorsal. Esta erupción ha provocado un gran impacto emocional y vital para los habitantes de La Palma, que pasaron de disfrutar de su isla en días anteriores (también conocida como “La Isla Bonita”) a girar su situación de forma drástica, enfrentándose ahora a emociones como el miedo, la incertidumbre o el estrés. Además, los afectados han pasado de sufrir las  preocupaciones y situaciones que generan una ansiedad propia de la vida occidental y moderna, a experimentar otras muy distintas, entrando en su repertorio aquellas que se refieren a la supervivencia y a la salud del entorno, sumándose a la incertidumbre de hasta dónde puede avanzar la lava expulsada, el impacto que puede tener sobre sus hogares o sobre el posible cambio de vida que se puede avecinar, debido al desconocimiento sobre si la isla (o la zona donde se encuentran sus residencias habituales) podrán seguir siendo habitadas.

Toda esta situación, provoca en el ser humano una reacción, hasta ese momento (aunque no en todos los casos) desconocida, y ante la que tiene que reaccionar, adaptándose para tomar las mejores decisiones preservando su propia supervivencia y  la “de los suyos” e intentando preservar la mayor calidad de vida vivida hasta ese momento.

Selye (1946) encontró que cuando nos enfrentamos a una situación estresante, en este caso una catástrofe como la del volcán, que supone un nivel muy elevado de estrés, nuestro organismo responde presentando diferentes reacciones fisiológicas (Méndez, 1999). Estas reacciones fisiológicas fueron descritas y divididas en tres fases por dicho autor en 1946 y constituyen lo que se denomina Síndrome General de Adaptación o SAG (Selye, 1946). De acuerdo con su investigación con animales, Selye llegó a la conclusión de que, cuando se produce una nueva condición, en este caso las consecuencias que está teniendo la erupción del volcán en la población de la isla (pérdida de cultivos, destrucción de infraestructuras, incertidumbre…), el organismo realiza este esfuerzo fisiológico para adaptarse a ella (Bértola, 2010).

Durante la primera fase, la cual se denomina fase de alarma, se produce una respuesta inicial de lucha o huida inmediata a la percepción del estímulo estresante (Trujillo, 2007). En el caso de La Palma, esta fase tuvo lugar cuando empezaron a producirse los desalojos y algunos habitantes de la isla tuvieron que enfrentarse a abandonar sus viviendas, algunos de los cuales se negarían en un primer momento a hacerlo mientras que otros habrían acatado la orden de las autoridades sin presentar resistencia. Cuando el estímulo nocivo, en este caso la erupción, persiste, el organismo ingresa en una segunda fase llamada fase de resistencia (Bértola, 2010). En esta segunda etapa, como su propio nombre indica, se constituye una resistencia, es decir, se produce una adaptación a la amenaza mediante una activación fisiológica en niveles que no pueden mantenerse durante mucho tiempo sin que tengan consecuencias negativas en el organismo (Bértola, 2010; de Camargo, 2004; Trujillo, 2007). Cuando esta fase se prolonga durante años se considera estrés crónico (de Camargo,2004). En el caso del volcán, esta fase está teniendo lugar actualmente, cuando los habitantes afectados continúan con su organismo en una activación fisiológica máxima, puesto que siguen expuestos a estresores (no saber dónde van a vivir, de qué van a trabajar…) relacionados con la erupción. Por último, si la etapa de resistencia se prolonga en el tiempo porque el estresor continúa presente el organismo entra en la tercera fase, la fase de agotamiento (de Camargo, 2004). La exposición prolongada al estresor provoca que el organismo agote sus recursos y se incremente la probabilidad de aparición de enfermedades relacionadas con el estrés (insomnio, depresión, fatiga, falta de concentración, problemas metabólicos, cardiovasculares, inmunológicos, gastrointestinales o endocrinos, ictus…) e incluso puede sobrevenir la muerte (Bértola, 2010; de Camargo, 2004; Trujillo, 2007).

Como se está comprobando, una catástrofe natural como la erupción de un volcán, y en este caso el de La Palma, hace que el estrés se dispare, como señala Selye en la fase de alarma (Trujillo, 2007). Es en esta fase de alarma donde cada persona reacciona con sus estilos de afrontamiento personales y que tiene dentro de su repertorio de sus herramientas de gestión emocional y conductual. Estas situaciones provocan que deba de darse una respuesta ante ellas, y como dijeron Folkman et al. (1980), podrían localizarse dos momentos: dar una solución al problema (si es posible), o si no lo es, centrarse en los aspectos emocionales que la situación está provocando. Dentro de las primeras, podríamos ver que existen situaciones en las que el cambio del entorno que rodea a la persona es posible, mientras que en las catástrofes naturales, como es este caso que nos atañe, no sería posible. Por eso, en este caso nos hemos de centrar en las respuestas emocionales que las personas pueden dar ante situaciones en las que pueda surgir el Síndrome de Adaptación Generalizada (Ocaña Méndez, M.C., 1998):

  • Calificar la situación actual como un reto personal en el que se va a adquirir un aprendizaje y una superación del concepto actual de uno mismo.
  • Plantear o rectificar metas utópicas.
  • Tolerar la ambigüedad y saber improvisar en un mundo cambiante.

Además, existen otros puntos, que, aunque no pueden ser aplicados a este caso de S.A.G. debido a sus características especiales, sí que podrían usarse como herramientas ante otras situaciones de estrés elevado:

  • Minimizar las situaciones difíciles optando por un punto de vista donde las ventajas adquieran su protagonismo.
  • Tener hábitos de vida saludables.
  • Tener un ambiente social adecuado y positivo para la amortiguación del impacto emocional del suceso.

Por último, también se ha observado que la edad podría tener su papel en el desarrollo de este síndrome. En concreto, los jóvenes poseen menor probabilidad de desarrollo del mismo. Esto se explica debido a que los jóvenes realizan un procesamiento íntegro de la información que la situación les provoca, ya que al contrario, la población anciana, ya tienen una historia de vida en el que el estrés puede haber hecho mella en ellos.

Referencias bibliográficas

Bértola, D. (2010). Hans Selye y sus ratas estresadas. Medicina universitaria12(47), 142-143.

de Camargo, B. (2004). Estrés, Síndrome General de Adaptación o Reacción General de Alarma. Revista médico científica17(2).

Folkman, S. & Lazarus, R. S. (1980). An Analysis of Coping in a Middle-aged Community Sample. Journal of Health and Social Behaviour, 29, 219-239. DOI: https://doi.org/10.2307/2136617

Méndez, M. C. O. (1999). Síndrome de adaptación general. EA, Escuela Abierta2, 41-50.

Selye, H. (1946). The general adaptation syndrome and the diseases of adaptation. The journal of clinical endocrinology6(2), 117-230.

Trujillo, H. M. (2007). Hacia una mejor comprensión psicológica de las catástrofes. Psicología Conductual15(3), 339-371.

 

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